domingo, 21 de septiembre de 2014

Documentación y ficción en El rincón de los muertos de Alfredo Pita, novela sobre Ayacucho de 1991.

Pita, Alfredo. El rincón de los muertos (2014). Lima: Textual Pueblo Mágico. 478 pp. 

La mayor parte de las novelas sobre el conflicto armado que vivió el Perú durante la década del ochenta del siglo pasado y parte de los noventa, cruzan en sus narraciones y en sus discursos dos regímenes de verdad: el del documento y el de la ficción. Ese cruce, sin embargo, tiene lugar en una situación comunicativa que es de suyo ficticia. Aunque las narraciones hacen referencia a acciones y escenarios en efecto reales, los discursos echan mano de diversos procedimientos para evidenciar que lo narrado es ficticio. Pero a la vez muchos relatos llevan signos indudables que proceden del universo de referencia del conflicto armado y su veracidad, es decir, su conformidad con la verdad de los hechos es verificable.

Esa ambivalencia caracteriza de manera especial la novela de Alfredo Pita El rincón de los muertos, que es una ficción que lleva al lector a la ciudad de Ayacucho de 1991, uno de los años más duros de la guerra interna que sacudió al Perú como consecuencia de la insurgencia armada del Partido Comunista del Perú, mejor conocido como Sendero Luminoso, que era el nombre de su órgano de prensa. Las acciones guerrilleras se habían multiplicado y el grupo insurgente hablaba de haber alcanzado el equilibrio estratégico: una igualdad de fuerzas con el Estado y sus instituciones armadas, que le daba la posibilidad de iniciar el asalto final a las ciudades para terminar con la toma del poder. Las Fuerzas Armadas y la Policía por su parte habían intensificado y ampliado las operaciones represivas y de combate. Continuaban las intervenciones cruentas sobre los campesinos y se dice que se desarrollaba una estrategia de exterminio contra las poblaciones campesinas e indígenas sospechosas de mantener colaboración con los terroristas. Aparecieron por entonces grupos de aniquilamiento selectivo, encargadas de desaparecer y ejecutar de manera extrajudicial a quienes veían como aliados de Sendero Luminoso. O sólo sospechosos. O peligrosos por su posición crítica frente a la política antisubversiva del gobierno. O por creerse que sabían demasiado, que, según todas las evidencias, fue el caso del periodista Luis Morales Ortega, quien saltó a la luz pública en 1983, por su participación en las investigaciones en torno a la matanza de ocho periodistas en las alturas de la provincia de Huanta, en Uchuraccay. Era corresponsal del Diario de Marka, por ese tiempo periódico de la izquierda peruana unificada y su colaboración para  esclarecer los hechos fue muy importante, pues sirvió de nexo con los campesinos indígenas de esa zona gracias a su dominio del quechua. Su figura se hizo popular en la prensa peruana y es recordado por su pinta bonachona, su atuendo informal y desgarbado, su aspecto de comerciante mayorista, su bigote negro y su sombrero desarreglado. En Ayacucho la investigación periodística que realizaba se hizo incomoda y mortificante tanto para los subversivos como para las fuerzas del orden, las amenazas le llovieron y tuvo que salir de allí. Permaneció luego en Lima como colaborador en diversos medios de prensa y volvió a Huamanga en 1990. En esa ciudad lo cogió la muerte un año después, cuando salía de su casa, asesinado a balazos por un comando de aniquilamiento perteneciente al Grupo Colina, formado por el Ejército para realizar tareas clandestinas especiales, según los indicios y pruebas que se han logrado recabar.

El rincón de los muertos se transpone ese suceso a una ficción narrativa. En ella se noveliza las peripecias que un periodista español, Vicente Blanco, un free lance, que hace reportajes sobre conflictos diversos que se libran en Medio Oriente, Europa y América, que pasa en Ayacucho, ocho años después de la matanza de periodistas en Uchuraccay. Blanco llega al Perú para hacer una investigación sobre lo que estaba aconteciendo en Ayacucho animado por un colega peruano, Rafael Pereira, que había cubierto la información posterior a la mencionada matanza en 1983, enviado por el Diario de Marka en reemplazo de Eduardo de la Pinela, uno de los asesinados. En el afán de recoger datos para su reportaje entra en contacto con Luis Morelos y Máximo Souza, al primero de los cuales se lo puede identificar con Luis Morales, mientras que al segundo con Magno Sosa, con los que entabla una relación de colaboración muy estrecha y una amistad entrañable en muy poco tiempo, y llega a ser testigo del desenlace trágico del empeño en el que hallan implicados de probar que en el Cuartel Los Cabitos las Fuerzas Armadas torturan y asesinan a los detenidos, cuyos cuerpos creman y entierran con cal para hacer desaparecer toda huella.
La transposición de los hechos reales a la ficción se hace de acuerdo a una estrategia que, por un lado, permite identificar a los personajes  y escenarios del mundo ficticio  con referentes del mundo histórico real, y que, por otro lado, define una distancia que separa un mundo de otro. La novela por regirse por los códigos de verdad propios de la ficción despliega un mundo posible inverificable, pero a la vez por regirse con principios del realismo literario y, más aun, de la documentación periodística busca producir impresiones de realidad que pueden ser constatables. Hay situaciones que han ocurrido, como la muerte de Luis Morales, que en la novela aparece con el nombre de Luis Morelos, como ya fue dicho. La narración repite con fidelidad el registro de los sucesos tal como ha sido transmitida por la prensa y por otras fuentes, como el Informe Final de la Comisión de la Verdad y de la Reconciliación, la CVR. Transpone la descripción del personaje real, bien conocido por el gremio periodístico y por los lectores de los años ochenta y noventa, en la descripción del personaje ficticio. Cierto, la transposición toma otras fuentes, que no ofrecen la garantía de objetividad de los periódicos y los informes oficiales, pero en los resultados que da una impresión de verosimilitud de bastante fidelidad. El retrato que se hace del personaje parece corresponder con vivacidad al que existió, no porque esa sensación surja de una comprobación fehaciente, sino porque el lector percibe que corresponde al tipo de actor que era el referido individuo. Su presentación en distintas situaciones se adecua   a lo que se espera de una representación de él y depende de los detalles que el enunciador destaca de su actuación: de sus rutinas y costumbres, de su gestualidad y estilo de comportamiento verbal, en su suma, de su composición como personaje, que son resultado en mucho de la habilidad del escritor para plasmarlo y hacerlo creíble. Sin duda, hay que señalar que para demostrar el grado de adecuación óptima habría que hacer un análisis que cotejase textos fuentes con el texto meta en el que se configura el retrato resultante, comparación, sin embargo, que aunque se hiciera llegaría a concluirse que Luis Morelos es un personaje cuya verosimilitud y cuya veracidad dependen en última instancia del orden del sentido y de la significación de la propia novela, de las formas en que es configurado y tematizado. Justo a este respecto hay que comentar que la novela juega muy bien con la mezcla del género de lo documental y testimonial, que afirma ser veraz respecto al universo de referencia sobre el cual formula sus enunciados, con el género de la novela que se rige por códigos de verosimilitud y por estrategias que no se cuida de ser veraz. De todas maneras en El rincón de los muertos se produce como la simulación de un testimonio acerca de un suceso en efecto ocurrido, que cobra en el discurso la condición de hecho posible, pero no real.  
Un retrato cuya verosimilitud y hasta veracidad parece de indudable fidelidad con respecto a su referente es el del “Arzobispo Crispín”, que remite al Arzobispo de Ayacucho, Monseñor Cipriani, en ejercicio durante 1991. La práctica discursiva, gestual y verbal del “Arzobispo Crispín” tiene como fuente la misma práctica de Monseñor Cipriani, representada en textos escritos, radiales y televisivos, en testimonios directos recabados en conversaciones y entrevistas no recogidas por la escritura u otro medio, y en la misma experiencia del enunciador – escritor. Los textos fuente del texto meta (de la novela) son numerosos por el carácter mediático del actor de referencia. Los soportes en los que pueden encontrarse declaraciones suyas, acerca de numerosos temas, en especial políticos, son abundantes. Por eso el habla del personaje del texto novelesco parece en muchas ocasiones (¿todas?) transcripción directa del discurso oral del personaje histórico real, reproducido en textos escritos y audiovisuales. El lector reconoce por ejemplo argumentaciones y estilo de enunciarlos que proceden de la entrevista que diera a la revista Caretas en abril de 1994 en la que afirma que los derechos humanos son relativos y brinda su apoyo a la estrategia que desarrollan las Fuerzas Armadas en su combate contra los insurgentes de Sendero Luminoso, la cual no puede evitar excesos y efectos colaterales. Como en el caso de la representación de la configuración de “Luis Morelos”, la del “Arzobispo Ciprín” no siempre repite las situaciones comunicativas o semióticas donde los textos fuente fueron enunciados. Los textos fuente son ubicados en el texto meta en situaciones semióticas distintas. Así las declaraciones del Arzobispo Cipriani en el contexto de la entrevista mencionada publicada por Caretas, aparece en la novela como parte del discurso del “Arzobispo Ciprín” en un diálogo que ocurre en el local del Arzobispado de Ayacucho. Aunque, claro está, se puede pensar que las ideas fuente eran repetidas en distintas situaciones. De esa suerte es verosímil esperar que pudieran haber sido enunciadas en diferentes contextos.
Los hechos transpuestos forman parte de una narración que comienza como un relato de viajes narrados por un periodista español, Vicente Blanco, que se traslada a Lima y a Ayacucho para informar acerca de los sucesos de la guerra iniciada por Sendero Luminoso. Tiene en principio muchas de las características de un relato de tal tipo. Un personaje se desplaza de un lugar familiar y conocido a otro desconocido y extraño. El Otro espacio se le aparece como un ámbito geográfico, ecológico y cultural por descubrir, que es una operación que realiza mediante comparaciones entre lo suyo y lo ajeno. Hay manifestaciones contrapuestas y similares. Casi todo es distinto en principio, pero a medida que en personaje se informa y adentra en el conocimiento del medio y de la lógica de la singular guerra que se libra en Ayacucho, que ocurre en paralelo con las relaciones de amistad y de carácter afectivo que establece con muchas personas, encuentra este mundo es en muchos aspectos similar al suyo. De la sensación de extrañeza que le ocasiona Ayacucho y de la distancia con que la observa pasa a sentir que ella tiene mucho de familiar y conocido, y se pone a mirarla de una manera próxima e íntima. Las representaciones que se hace de esa ciudad, de su historia y de lo que ella vive se tornan en un horizonte de referencia con cuyo pueblo se identifica.  De esa suerte el narrador viajero, que también es un estudioso del territorio que recorre y de la cultura que allí se desarrolla, se convierte en un testigo integrado. El relato de viaje entonces se convierte en relato testimonial. Pero también se convierte en thriller, relato de suspenso, y relato de aventuras en la que los personajes principales arriesgan sus vidas, todo ello, sin embargo, instalado en un escenario de confrontación política, de encuentro entre actores antagónicos que buscan imponer sus propios proyectos de vida, lo que constituye una situación extraña y hasta absurda, pues contienden maoístas, que suponen que la realidad peruana es casi idéntica que la realidad peruana, de acuerdo a un principio de universalidad asumido por Mao, según supone Abimael Guzmán, el líder de Sendero Luminoso, con las Fuerzas Armadas que en la novela es actor que sigue una estrategia de guerra antisubversiva consistente en la eliminación indiscriminada del contrincante.      
La guerra que se libra en Ayacucho aparece como una conflagración muy extraña.  La guerra que allí y en el campo más o menos aledaño tiene lugar es una guerra singular. Se ve de entrada que no es un conflicto de escaramuzas abiertas. No se lucha de manera abierta y en el día. Vicente Blanco encuentra que es una confrontación nocturna, sigilosa, clandestina, entablada entre enemigos que se matan por la espalda, que se secuestran y que se laceran y mutilan los cuerpos con saña. Por eso una de las huellas más frecuentes que la guerra deja es la de los cadáveres que aparecen arrojados en calles, muladares y casas, muchos de ellos troceados. Descubre también que la guerra se desarrolla fuera de la ciudad, en el campo, donde así mismo es difícil que ocurran conflagraciones visibles. Aunque se siente el conflicto en estado latente. Las acciones de guerra ocurren igual que en Ayacucho y otras ciudades de una manera soterrada y por la noche, y sobre todo en zonas alejadas. En las alturas, donde se establecen las comunidades campesinas y a donde llegan las fuerzas guerrilleras. Esas comunidades enfrentan por eso la situación difícil de hallarse entre dos fuegos, ante dos contendientes con los cuales la mayor de las veces ellas no comparte valores ni intereses. Desde muy temprano Vicente Blanco percibe que el conflicto armado es ante todo una suerte diálogo violento entre dos actores separados de la población, la cual sufre espantada y con resignación su inclusión en una lucha que no le incumbe.  
Existe la sospecha y muchas evidencias de que las Fuerzas Armadas están comprometidas con ellas. Es más, de que ellas hayan ejecutado de manera extrajudicial a los desaparecidos, tras haberlos apresado o secuestrado, y luego de haberlos torturado, y más tarde seccionado, incinerado y enterrado con cal para borrar toda huella, como se hizo en el Cuartel Los Cabitos de Ayacucho. Son hechos que hoy se sabe con bastante certeza ocurrieron en efecto, aunque la justicia no los haya sancionado en forma definitiva, ni el Informe de la CVR establecido de una manera concluyente. En el tiempo en que transcurre la novela aún no se ha comprobado con completa seguridad que esas acciones hubieran tenido lugar. Se sabía si que las Fuerzas Armadas desarrollaban en el campo una estrategia de guerra subversiva que incluía la represión indiscriminada y la matanza de comunidades enteras, de las que se recelaba y presumía colaboraban con Sendero Luminoso o incluso participaban de su proyecto revolucionario. Falta demostrar que también en Ayacucho se realizaban ejecuciones extrajudiciales y matanzas masivas, a pesar que había más testigos y actores competentes para investigar e informar, más conectada con los medios de comunicación, donde trabajaban ONGs, y de cuando en cuando pasaban visitantes, científicos y periodistas de Lima y del extranjero, que pudiesen enterarse de esos hechos e informar al exterior.
El periodista español va tomando conocimiento de todo ello en medio de un contexto social en el que al mismo tiempo es posible experimentar una vida social más o menos normal, lo que le permite sentir y captar diversos aspectos de la cultura ayacuchana, su culinaria, en alguna medida semejante a la española, pero también muy distinta, su música, los modos de interacción social. A la vez que esas experiencias le hacen vivir sensaciones y alcanzar convicciones de estar tanto ante un mundo muy distinto como a la vez en cierta medida próximo del suyo. Vive entonces un estado cercano al que caracteriza a lo siniestro, según lo define Freud, que es el estado sensible y cognoscitivo que suscita la experiencia de lo “familiarmente extraño”, que es experiencia que no solo lo afecta como viajero que investiga en otro mundo que en muchos aspectos se parece al suyo, sino como alguien que encuentra en ese mundo signos, textos y presencias que pueden ser idénticos. Por eso Vicente Blanco que mantiene una distancia cultural y profesional con respecto al mundo sobre él trata de hacer enunciados periodísticos objetivos, llega al mismo tiempo a identificarse con él. Ese es un proceso muy complejo, del que no se pude dar cuenta en este artículo. Es el proceso de un enunciador intérprete que en el empeño por representar un mundo de referencia alcanza a identificarse con él. Pero es también el proceso por el cual el intérprete desarrolla un conocimiento de sí. La guerra y sus consecuencias en la vida de Ayacucho, y el aprendizaje de su cultura, tocan fibras le conducen a una vuelta sobre sí mismo, a ver su propia historia, la guerra civil española, entre otro sucesos, y sus repercusiones sobre la existencia de los españoles y sobre la suya propia. Todo ello no puede ser descrito ni analizado aquí. Pero es importante señalar que la experiencia en Ayacucho lo devuelve a un momento traumático de su infancia, al tocamiento sexual, al manoseo de su cuerpo por un sacerdote en el colegio. Es una rememoración desencadenada por la presencia de la curia católica, en especial del “Arzobispo Crispín” con el que interactúa como parte de su gestión periodística.
El relato de viaje típico comprende a menudo un recorrido por la biografía del viajero, que en ese tránsito se transforma. Más aun cuando el viaje presenta situaciones difíciles, confrontaciones que actualizan momentos similares, que engendraron miedo y ansiedad. Es lo que sucede con el viaje que realiza Vicente Blanco. Al menos dos situaciones enlazadas entre sí son las más significativas: son situaciones que convierten el relato de viaje en un relato de conocimiento de sí, pero sobre todo en la crónica de la revelación de una verdad atroz. Una de las situaciones es el descubrimiento de pruebas fehacientes respecto a las ejecuciones extrajudiciales y matanzas que se realizan en el Cuartel Los Cabitos, mientras que la otra es el hallazgo que se produce de una manera progresiva, pero también súbita, de la participación activa del “Cardenal Crispín” en la planificación de las operaciones antisubversivas, situación sorprendente por cuanto se presume que sólo las avalaba y apoyaba.
El relato del descubrimiento de las ejecuciones extrajudiciales, que explica las desapariciones, es el eje temático central de la novela, y sus principales protagonistas son los periodistas Luis Morelos y Máximo Souza. Cuando estos se conocen con Vicente Blanco se hallan a punto de encontrar las pruebas de las ejecuciones en el Cuartel Los Cabitos, y sus investigaciones se llevan a cabo de una manera muy reservada y secreta.  Cuando la novela termina en la práctica con el asesinato de Luis Morelos por un comando del Servicio de Inteligencia del Ejército, el periodista ya ha conseguido la información suficiente para hacer la denuncia respectiva. Se colige de ese hecho que el Ejército lo asesina porque estima que sabe demasiado.
 Los dos principales descubrimientos aparecen como parte de un thriller, de una narración regida por el suspenso, lo que le da una marcada tónica de relato policial o relato de espías, que recuerdan las famosas intrigas de Grahan Green, que tienen un componente psicológico importante, como ocurre en esta novela de Alfredo Pita, sin caer en el psicologismo. Al mismo tiempo esos descubrimientos que integran el texto ficcional, llevan una carga testimonial y de denuncia. En el mundo posible y solo supuesto aparecen como hechos indudables, ciertos, irrebatibles, a diferencia de los sucesos efectivos a los que hacen referencia. Estos sucesos, sobre todo el de la muerte del periodista, aunque se tiene mucha evidencia no se pueden aún constatar con certeza. El Informe de la CVR sólo hace apuntes generales acerca de su presunta verdad y el poder judicial no ha dado hasta ahora un veredicto definitivo. En contraste con esa neblina que el Estado levanta sobre los hechos, en el mundo paralelo de la ficción ellos se perciben con la transparencia de un amanecer luminoso. Se transmite un testimonio incontestable que, sin embargo, se pierde y disuelve en la indiferencia.
Hay que leer la novela de Pita, tanto por la intención de reparo testimonial, como de justicia que la anima, como por su interesante composición y riqueza literaria, de la que en estas notas apenas si se ha podido dar cuenta. Sin riesgo a equivoco se puede sostener que está será libro clave para entender los momentos que vivió el Perú y aún vive en muchos aspectos de los años ochenta y noventa del siglo pasado, como un texto literario de gran factura. 
 Santiago López Maguiña
UNMSM
Profesor del Departamento de Literatura

miércoles, 27 de agosto de 2014

Memoria, verdad y funerales en una novela sobre el conflicto armado de los años 80: Criba de Julián Pérez.

Pérez, Julián. Criba (2014) Lima, Petróleos del Perú. 370 pp.
Santiago López Maguiña
(UNMSM)

Criba, ganadora del Premio Copé 2013 de novela, conjuga tres narraciones enlazadas entre sí y que se presentan de manera intercalada. En la primera cinco amigos se encuentran en una cantina de Ayacucho después de muchos años. Algunos han regresado a la ciudad que habían dejado a causa del conflicto armado iniciado por Sendero Luminoso. Es época de carnavales, el ambiente es festivo en las calles y los amigos festejan de sol a sol. Centro de sus conversaciones, después de los efusivos saludos y después de haber superado una situación de desconfianza suscitada por uno de ellos, es la Musa, una bella mujer, Evangelina Delgadillo Melgar, de la que todos han estado prendados y a la que ninguno ha logrado enamorar, excepto Hermenegildo Julca, el amigo que engendra suspicacia porque siéndoles familiar a los otros amigos, no es identificado con exactitud, quien se jacta en su lenguaje soez y procaz de habérsela tirado. Evangelina había sido enamorada de Manuel Bajalqui Curitumay, al que llaman el pampino para marcar su condición foránea y su origen provinciano y campesino, y es uno de los muchos desaparecidos durante la guerra de los años ochenta. Bajalqui, sin embargo, es una presencia cercana y estimada,  en tanto que las circunstancias de su desaparición, como de su posible intervención en las acciones de la sublevación, tienen una tónica legendaria y están cubiertas de misterio. Las aseveraciones de Hermenegildo son tomadas por eso como puras vanidades de charlatán. Pero a medida que avanza la noche y el licor hace sus efectos este personaje va cobrando un protagonismo decisivo. Muy pronto llega el momento en que se convierte en el líder del grupo. Toma la iniciativa de los desplazamientos que realiza, sugiere y propone los temas de conversación, y como si fuera un brujo conduce a los amigos en un recorrido evocativo de la historia reciente de Huamanga, los lleva de una manera entre onírica, fantástica y mágica por las celdas y salas del cuartel Los Cabitos, donde eran encerrados los presos acusados de subversión y terrorismo para ser interrogados, torturados o simplemente eliminados durante los años de la guerra. Los amigos viven la experiencia de terror y de angustia infinita ante el dolor y la muerte inminente padecida por los detenidos. El lector espera que el recorrido se limite a mostrar la brutalidad desatada por las Fuerzas Armadas y Policiales, pero sorprende que también Hermenegildo  conduzca a sus amigos al botadero de Puracuti donde son arrojados cuerpos cuya muerte ha sido perpetrada por los dos bandos. De esa manera el encuentro de los amigos aparece como un momento de rememoración de un pasado grato, antes de la guerra, y de un enfrentamiento con el trauma del conflicto que no puede ser verbalizado, pero que puede en cambio ser visualizado;  las voces desgarradoras y los gritos escuchados, el miedo y la desesperación vividos. Es una experiencia que toca las fibras más sensibles de la dimensión sensorio motora del cuerpo, que suelta sin control sus deyecciones. Todas esas escenas, sin embargo, no tienen una carga discursiva trágica o dramática, por el contrario son desarrolladas bajo la mirada y los comentarios sarcásticos y burlescos de Hermenegildo, que en su lenguaje coprolálico saca en cara a sus amigos su poco valor, su poca hombría, su falta de resistencia ante el dolor y la muerte, que es también una manera evitar la verdad de lo ocurrido. Son escenas que en el plano de la enunciación discursiva, a pesar de remitir a sucesos muy funestos, poseen un humor que hace recordar enredos quijotescos.
Hermenegildo aparece en la reunión de los cuatro amigos que se conocen muy bien como un quinto que no se acomoda en el grupo, un quinto de más, que hace diferencia, una presencia incómoda, extraña, traviesa y perturbadora, cualidades que no va a perder durante el tiempo que permanece con ellos, y en cambio va ir haciéndose una presencia familiar, seria, sensata. Sabe tanto o más que los otros, tiene competencias inexplicables, parece un mago o un chamán, es amigo de todo el mundo, hasta de los policías, de quienes los amigos recelan. Estos, no está demás decirlo, han quedado con el miedo prendido en sus cuerpos, desde la época en la que en Ayacucho cualquiera podía ser hecho preso, por la más leve sospecha, y llevado al cuartel donde podían desaparecer. Todo ello hace de Hermenegildo un personaje excepcional en todos los sentidos y, por eso, misterioso. Nunca se sabe quién es, aunque a la vez se adivina. Se sitúa y es situado en los bordes de lo no conocido y de lo conocido, y bajo esa apariencia sale de escena, dejando a los amigos en la incertidumbre acerca de su efectiva identidad. En el plano del discurso, sin embargo, el texto sugiere quién podría ser. De todos modos, la duda no se disipa. ¿Hermenegildo es Manuel Bajalqui, que no se sabe si ha muerto o sobrevivido a la guerra?
La segunda narración es el relato en primera persona de Evangelina Delgadillo, la Musa de los amigos de la primera narración, que regresa a Huamanga cada tanto tiempo y que ha sido la amada de Manuel Bajalqui, desde antes del conflicto armado. Este es un punto que Evangelina subraya en su discurso. Manuel fue su único amor, aunque ha tenido otros, pero de poca significación. Con respecto a las referencias que hace Hermenegildo, éste es presentado al lector como un personaje propenso a la alharaca, aunque deja abierta la posibilidad de que a lo mejor hubiera sido uno de sus amantes. El relato informa sobre la vida familiar y personal de Evangelina. Es una mujer madura, que permanece soltera pasados los cincuenta años, y es antropóloga de profesión. Sobrevive a su hermano Satuco, muerto en acciones de guerra, tras haber sido liberado de la cárcel de Ayacucho, en un audaz asalto de los sublevados, en 1982, como también lo fue Manuel Bajalqui, pero este tras ser auxiliado por ella, desaparece con la protección de su abuelo y después nada cierto se sabe de él, excepto informes que dan cuenta de su participación en hechos de arma muy cruentos, entre ellos la masacre de campesinos en Lucanamarca, que habría comandado. Evangelina sobrevive también a su madre, personaje con quien la une una relación filial tierna e intensa. Ella le ha permitido fijar y fortalecer con sus enseñanzas los sentimientos de pertenencia que la ligan al terruño. Ha sido la fuente que le ha transmitido los valores y las formas de la cultura de Huamanga. Por eso mientras permanece en vida mantiene con ella una relación de afectividad y de complicidad muy vivos. Es su compañera inseparable con quien huye a Lima, cuando Huamanga se convierte en un cruento escenario de guerra.
 El relato de Evangelina es una rememoración de su pasado, de los momentos felices de su adolescencia y de su juventud, de los inicios de su vida amorosa, de los amoríos con Manuel, a quien conoció a través de su hermano. En su discurso da cuenta al mismo tiempo de los propósitos reivindicativos que la animan respecto a la figura de su amado y de la de su hermano, distorsionadas y falseadas por los discursos de la policía, de la prensa, de las ONG, de los científicos sociales y, sobre todo, por el informe final de la Comisión de la verdad, que la narradora llama la Comisión de la verdad verdadera, para subrayar irónicamente con el adjetivo la falsedad de sus enunciados. Hacia el final de la narración se menciona indirectamente que se trata de un texto escrito y que su autora lo ha redactado antes de inmolarse con el fin de permitir con ello el conocimiento de la verdad, de hacer posible que se conozca de que sus dos deudos no habían sido personajes malvados, crueles y monstruosos. Por el contrario, a lo largo de lo que cuenta ambos aparecen como jóvenes normales y estudiantes aprovechados, formados familiarmente para el ejercicio de lo justo, formación que hace de ellos actores provistos de una disposición para asimilar y para afiliarse a las propuestas teóricas de cambio y de revolución que en los años setenta se difundían en la Universidad de Huamanga y a partir de las cuales se va a gestar la sublevación armada de los años ochenta. Son personajes en los que prende fácilmente la ilusión de que la revolución está próxima, a la vuelta de la esquina, y que se lanzan con entusiasmo a la lucha por la captura del poder. Esos jóvenes no estuvieron en consecuencia movidos por intenciones destructivas y asesinas, sino por ideales de solidaridad y de justicia, que forman parte de su vida en razón de la educación recibida, de la cultura transmitida por sus antepasados, como se lee en el manuscrito dejado por Manuel Bajalqui y que Evangelina conserva. Es un manuscrito que suele leer de tanto en tanto y que le sirve de consuelo a los sufrimientos que experimenta, la transformación de su ciudad, la lenta desaparición por efectos de la modernización del paisaje y del territorio amado, el paso irrevocable del tiempo, la desazón y la ira por el juicio y la valoración recibidas por la actuación de su hermano y de su amado Manuel durante el conflicto armado. Establecer la verdad contra esa acusación es el deseo que principalmente la mueve a regresar a Huamanga. Es un deseo, que ella misma se encarga de asemejar al de Antígona, heroína de la célebre tragedia de Sófocles, actualizada por las lecturas de Hegel, Steiner y, sobre todo, Lacan, que termina en inmolación para reivindicar a su hermano y a su amado, a fin de restituirles la gloria que se les ha quitado. De esa manera la tragedia griega se introduce en la novela y opera una distorsión que subraya la pasión reivindicativa, antes que vengadora. Evangelina, en efecto, en su lucha por reestablecer la honra de sus deudos no es impulsada por la ira y el resentimiento, sino por un sentimiento de reparación ante una situación indigna. Será indispensable hacer en un trabajo especial la distinción entre dignidad y honra, siguiendo las meditaciones de Agamben acerca del hommo saccer y el campo de concentración para profundizar en la postura ideológica que se plantea en Criba, a partir del discurso de Evangelina.     
La tercera narración es la que figura en los manuscritos de Manuel Bajalqui. Es un texto autobiográfico, desarrollado como una novela de aprendizaje en la que destaca la relación que mantiene con su abuelo. Desde su temprana infancia este se hace cargo de su cuidado y de su educación, y aparece ante él como un personaje mágico y excepcional. Es capaz de proezas extraordinarias como curandero, adivino, árbitro de conflictos. Es un personaje poderoso, fuerte, que no se arredra ante ninguna amenaza o peligro, que transmite seguridad, certidumbre, que muestra una sabiduría ancestral y propia, muy singular. Nadie es como el antecesor a la hora de enfrentar las situaciones más difíciles, de interpretar con acierto los enigmas más intrincados, de descifrar el peculiar lenguaje de los animales salvajes y los signos en apariencia inescrutables de la naturaleza. El abuelo se presenta en la narración como un héroe de cuento popular, que en ocasiones recuerda a Rosendo Maqui, el alcalde de Rumi de El mundo es ancho y ajeno. Pero el abuelo Gerardo no es un personaje siempre acertado e invulnerable. Es un personaje que también muestra debilidades, que se deja seducir y enamorar por una mujer que lo engaña, que puede equivocarse, que también fracasa. Este es un lado de su historia que no se descubre, sin embargo, desde un primer momento. Es una dimensión de su existencia que va apareciendo a media que Manuel crece y que el abuelo envejece. La mayor edad del primero le permite observar semblantes desapercibidos y el segundo a la medida que suma años de vida muestra falencias antes inadvertidas. Tanto en una como en otra faceta Gerardo, tal el nombre del abuelo, cumple un rol formativo incomparable. Educa a su nieto en una forma de vida fundada en valores de justeza, de verdad y de amor. Gerardo rige su existencia por principios de interrelación basados en intercambios proporcionales en todo orden de cosas. En lo económico, en lo político, en lo socio simbólico. Aquello que se da debe ser correspondido con un bien, un servicio, un afecto de idéntico o de similar valor. El abuelo enseña al nieto que la vida ideal, la vida feliz, es la que integra a los hombres en un mundo de correspondencias proporcionales, pero el que, sin embargo, es un mundo lejos de realizarse en lo efectivo.
El escenario donde tiene lugar el aprendizaje de Manuel es un pueblo rural, enclavado en la sierra de Ayacucho. Se trata de una localidad campesina en la que el régimen de hacienda es inexistente o del que no se hace mención. En otras novelas sobre el mundo rural andino los dueños haciendas, verdaderos gamonales, son presencias ingratas y odiosas, injustas y violentas, son presencias que traumatizan, que engendran contradicciones no enunciables, que producen huecos ininteligibles. Son personajes hiperbólicos, absurdos y paradójicos que implantan el desconcierto y el miedo entre quienes se hallan bajo su dominio y su tutela. Pero sobre todo su presencia hace posible un régimen de desproporciones y asimetrías, que se sustenta en la fuerza y en creencias acerca de que la subordinación al más poderoso es una fatalidad insuperable o de origen divino. Ausentes tales personajes en el mundo rural que se configura en Criba las relaciones que se establecen entre los pobladores, determinada por intercambios recíprocos y equitativos, es más o menos armónica y pacífica, lo que no significa que de cuando en cuando se produzcan desacuerdos, contradicciones, conflictos. Se trata, sin embargo, de confrontaciones que no llegan a enfrentamientos violentos y cruentos. Las amenazas llegan del exterior, de otra parte, cuando aparecen ladrones en los pequeños poblados, o cuando felinos hambrientos acechan cerca de los establos.
Pero hay una situación conflictiva que desestabiliza el orden familiar y que tiene efectos subjetivos traumáticos. Las familias parecen estar afectadas por la desconfianza filial, por la ascendencia dudosa. Así Manuel sufre en un determinado momento por la incertidumbre respecto a quién es su verdadero padre. Es un lapso de tiempo que lo aturde y lo altera, que quiebra su estabilidad simbólica. Esta situación de inseguridad filial no se prolonga demasiado para tranquilidad de Manuel, pues su abuelo le revela la verdad: todo había sido fruto de un malentendido. No obstante la perturbación sufrida revela un estado que puede afectar a cualquier persona en el universo rural donde se desarrolla la novela: revela una inestabilidad familiar, una inconsistencia resultante de la infidelidad. Tal inconsistencia parece ser la razón por la cual Manuel es entregado a su abuelo, para que este se haga cargo de su mantenimiento y de su educación, aunque también se asegure en el relato autobiográfico que fue puesto a su cuidado por razones económicas, porque los padres con muchos hijos carecían de recursos para criar a todos. Igualmente se afirma que la decisión de dar al abuelo la custodia del nieto se hace para proporcionarle una compañía, ya que vive solo desde que ha enviudado.  Cualquiera que hayan sido los motivos esa circunstancia, de hacer del abuelo tutor de su nieto, es significativa. Convierte al padre de su padre en el agente de su formación, de la integración en la cultura a la cual pertenece. Los padres de esa manera ceden la responsabilidad de la educación del hijo a un miembro de la familia de una generación anterior. Eso tiene distintos efectos, pero en especial se aproxima dos generaciones que no tienen una inmediata vinculación y que en la novela es una circunstancia bien importante. Manuel no recibe las enseñanzas culturales básicas de sus antecesores familiares más cercanos, que viven la experiencia histórica de modernización, sino las enseñanzas de un antecesor menos cercano, que participa de un orden informativo y axiológico aun pre moderno. Este es un orden que para el enunciador autobiográfico tiene valores superiores: la honestidad, la solidaridad, el desprendimiento generoso, la austeridad, etc., respecto de aquellos que entraña la modernidad, que trae consigo el cinismo, el egoísmo, el individualismo, el interés personal, etc. La vida tradicional comporta o conlleva sentimientos de seguridad y de equilibrio, que se pierden con la vida moderna, que además de incertidumbre y caos, añade la experiencia de la desigualdad, que explican la rápida inclinación y afiliación de Manuel por las ideas revolucionarias y de sublevación que lo animan cuando entra a la universidad.
Criba es una novela atravesada por un discurso político que busca reparar los daños simbólicos perpetrados por quienes han informado y hecho historia sobre los sucesos referidos al conflicto armado de los años ochenta y que tuvo como epicentro la ciudad de Ayacucho. La novela ofrece una confrontación ideológica entre dos visiones respecto a la participación de quienes se sublevaron e iniciaron la lucha armada. El punto de vista oficial, que ve a los alzados (se usa los términos de la novela, en la que no se habla de terroristas, ni de subversivos) como individuos movidos por afanes destructivos y por una presunción de omnipotencia capaz de decidir el destino de los demás seres humanos, de la humanidad en general. Los que se levantaron en armas, para esa orientación, se asumían con la competencia para acabar con la vida de quienes consideraban enemigos del pueblo o colaboradores de aquellos, o traidores, o infractores a las leyes que imponían en las zonas liberadas. Y se los percibe y presenta como actores iracundos, vengativos, crueles y despiadados, cegados por una desproporcionada pasión destructiva. El otro punto de vista es el de aquellos que buscan reivindicar el buen nombre de sus deudos, su fama de personas de espíritu revolucionario. No todos los alzados en armas tuvieron una actuación autoritaria cruel y despiadada con el contrario. Hubo quienes tuvieron una práctica de guerra animada por principios de dignidad y justicia, una práctica que no se halla representada en los discursos oficiales, incluido el de la Comisión de la verdad. En estos discursos más bien la verdad se relativiza, se distorsiona, se falsea.
Hay que leer y escuchar la novela de Julián Pérez, que alcanza dimensiones significativas que sobrepasan los límites de la versión ficcional sobre los cruentos sucesos del conflicto armado de los años ochenta y noventa. 

miércoles, 6 de agosto de 2014

Un viaje a los fondos de la noche. Notas sobre la novela de Percy Galindo Rojas Cómo los verdaderos héroes (2008) Lima: ediciones Copé.


Un viaje a los fondos de la noche. Notas sobre la novela de Percy Galindo Rojas Cómo los verdaderos héroes (2008) Lima: ediciones Copé.
Santiago López Maguiña


Esta novela fue ganadora de la I Bienal de novela “Premio Copé Internacional 2007”, el más importante premio literario en el género de la narrativa novelesca que se entrega en el Perú. Esa distinción determina en parte la lectura de este texto. No se halla uno ante un libro cualquiera. Se halla ante un objeto consagrado, bendecido por quienes decidieron premiarlo. Al leerlo se ingresa por tanto en un territorio que es parte del parnaso de las letras. No solo de las letras peruanas, sino de las letras internacionales. Esta novela ha sido premiada en un concurso de convocatoria internacional, aunque hasta donde se el jurado estuvo formado por solo por nacionales. Pero estos signos y estos enunciados, inscritos en el libro en cuanto objeto tridimensional, y que forman parte de su situación comunicativa, no son pertinentes en la lectura cuyas notas se comparten en estas líneas. Es un libro cuya lectura se hace como parte de una muestra que se ha seleccionado de textos publicados en un lapso de tiempo que puede extenderse hasta principios de los noventa, la mayoría de los cuales han recibido poca o ninguna atención y que refieren de un modo intenso y concentrado o débil e indefinido a la guerra interna que se libro en el Perú entre las Fuerzas Armadas y los grupos subversivos Sendero Luminoso y MRTA. En todo caso ese suceso histórico aparece con algún grado de intensidad y extensión en el fondo de las tramas y peripecias que se desarrollan.

Cómo los verdaderos héroes participa de diversos géneros literarios. Es novela policial, novela de aprendizaje, crónica de viaje, relato amoroso, etc. Cómo crónica de viaje o también como novela de aventuras narra la historia de un joven que decide viajar a Huancavelica, el departamento más pobre del Perú, según se indica en la propia novela, ante las negras perspectivas que se le ofrecen en Lima, donde no encuentra nada que valga la pena. La capital del Perú vive un momento en que todo parece haberse degrado y nada importante y con futuro les espera a los jóvenes, por lo cual la mayoría se ve obligado a salir al extranjero, a Europa y Estados Unidos de preferencia. El personaje principal de la novela, movido por un designio incomprensible opta, en cambio, por dirigirse hacia un destino opuesto. En vez de probar suerte en un horizontes donde podría revalorar su existencia o mejorarla, lo hace en un horizonte que le ofrece posibilidades remotas, difíciles o nulas para ese propósito. Opta por vivir en un mundo degradado, sin esperar encontrar en él algo importante que de sentido a su vida.

El traslado de Lima a Huancavelica aparece en una primera vista como el desplazamiento de un centro moderno y cosmopolita  a un lugar urbano periférico arcaico y atrasado. Lima, sin embargo, experimenta un proceso de deterioro, que se expresa en distintos signos: en la suciedad, en el desorden, en el desgaste de las pistas y los edificios, en el limitado poder adquisitivo de sus habitantes. La gran ciudad pasa por un periodo agudo de crisis económica, que alcanza a lo político y a lo personal. La decepción y el escepticismo son los estados de ánimo que cunden, lo que se conjuga con escenas de drogadicción, alcoholismo, relaciones amorosas que no se solidifican, que no terminan de prosperar en la que participan los personajes, escasas o nulas expectativas de vida cómoda y próspera. Pero es una ciudad abierta, que brinda la posibilidad de explorar rumbos diferentes, en otros mundos. Y es también una ciudad vibrante, dinámica, de velocidad rápidas, que puede inyectar energía a sus habitantes hasta el punto de cambiar sus vidas. Huancavelica, en cambio, es una pequeña ciudad de provincia cerrada y pequeña, con limitado contacto con el exterior, de tempos lentos, de ritmos de intervalos largos, donde no sucede nada. En Lima la rutina es vigorosa, viva, a pesar de la crisis, en la provincia la rutina es lánguida y floja. En ese escenario el estado de ánimo prevaleciente es el aburrimiento, es la molicie, que Julio Ramón Ribeyro humaniza o antropomorfiza en un relato bien conocido, como entidad que carcome y aplasta hasta dejarlos inmóviles, despojados de humanidad, a quienes atrapa.

En Huancavelica no hay nada atractivo, la ciudad está ubicada, de acuerdo a la descripción que hace el personaje principal y narrador de la primera parte de la novela, que en ningún momento enuncia su nombre, ni éste es enunciado por ningún personaje, que se refiere a él, cerca la puna, hace mucho frío y llueve casi siempre. Las calles están anegadas y barrosas, y caminar por ellas es muy fastidioso. Es una ciudad que vive una decadencia antigua, luego del fulgor que experimentó en los primeros años de su fundación durante la Colonia, cuando fue un centro minero de primera importancia, que recibió la denominación de Villa Rica de Oropeza, por la abundancia de oro, plata y mercurio sobre todo, que podía extraerse. Todo es mediocre, insuficiente, precario. La vida cotidiana insípida, monótona. Nada despierta el interés del narrador. Lo que es resaltado como interesante o pintoresco, como atractivo turístico, es rebajado y despreciado. Por ejemplo, la danza de las tijeras, famosa por su importancia mítica y ritual durante las festividades, es reducida a un ejercicio de piruetas y pruebas graciosas e ingenuas, sin ningún relieve simbólico o sagrado. Huancavelica es hábitat de una comunidad mestiza que ha perdido sus raíces ancestrales, sus viejos rituales, sus rancias creencias, y que en el presente vive rutinas, costumbres y tradiciones de contenidos profanos y ligeros. Lo que queda de la fuerte cultura antigua es la pura cáscara de lo folklórico, peor aún, que en su evolución ha dado como resultado, entre otras manifestaciones, esa expresión musical intragable que es la cumbia andina, redundante y elemental. El narrador respecto a los objetos musicales tiene un gusto exquisito y exigente, formado en el cultivo de la escucha del jazz, cuyo culto se empeña en difundir a través de un programa de radio, en un a casi destartalada emisora local. Ese gusto destaca como un exotismo demasiado refinado en un medio a su vez excesivamente burdo. El jazz es presencia sonora incompresible, inclasificable para la mayor parte de los oídos educados en el disfrute de las formas primarias del huayno y los ritmos y melodías que nacen de la fusión con la música tropical. Sólo pocos oyentes tienen la sensibilidad que les permite apreciarlo. Es gente ilustrada, afuerinos, profesionales cuyo gusto está relacionado con un tipo de percepción estética nacida de la aproximación al arte o a la política, una adolescente singular, Caty con C, abierta e inquieta a disfrutar distintas experiencias.  Pero estos personajes son excepciones muy escasas y lo que abundan son aquellos que se hallan integrados en la rutina, de las prácticas de un vivir resignado o que se contenta con los disfrutes de lo doméstico, de la administración de la familia, de la casa, de la escuela, de los aparatos políticos de Estado, de los comercios, etc., que se contenta con ser parte de un mundo cíclico, que hace tiempo ha dejado de ser mítico, un mundo sin acontecimientos, sin sorpresas.

El universo cultural de Huancavelica, no obstante, forma parte del mundo moderno. No es arcaico en un sentido puro, desde que forma parte del Estado nacional. Y no solo porque forma parte de él en tanto cuenta como la capital del Departamento del mismo nombre, sino porque se halla conectada a la modernidad y al mundo contemporáneo de un modo concreto, mediante el Internet, por ejemplo, a través de las cabinas, que abundan en la ciudad, a través de una serie de signos y de objetos imprescindibles en la forma de vida contemporánea. Pero forma parte de una manera incompleta, insuficiente, que no llega a ajustarse a la dinámica propia de los objetos sobre todo. Por el contrario, es la ciudad la que hace que esos objetos sean parte de sí: les da su parsimonia, sus valores conservadores en mengua, les transmite su desconfiado asombro. La gente no deja de sorprenderse y desconfiar de las máquinas, de las computadoras, por ejemplo, aunque ellas sean presencias familiares desde hace mucho.

La modernidad también se ha hecho parte de la ciudad mediante las prácticas del entretenimiento y la vida nocturna. Estas son actividades propias de la vida de las grandes urbes, una de las cuales es la bebida no ritual en los bares o en tiendas, por ejemplo, que puede conducir a la adicción del alcoholismo. En Huancavelica hay una serie de antros, discotecas, ocho discotecas, donde esas prácticas modernas tienen lugar. Son espacios donde el personaje principal, desterrado de Lima y viviendo una experiencia de desamparo y de aburrimiento, pero también por una oscura disposición, frecuenta esos ambientes desde que llega a la capital de provincia. Esa frecuentación parece configurarse como una suerte de viaje de descenso al fin de la noche, que recuerda en algo la célebre novela de Ferdinand Celine, y que alcanza su punto culminante y paroxístico en el restringido espacio de la habitación que el mencionad personaje ocupa es una casa de pensiones, oscuro, frío, mal ventilado, que llena de colillas de cigarro, de botellas de licor vacías, que nunca es limpiado, en donde cunde el desorden de prendas, libros y papeles, y que seguramente apesta.     

Cómo los verdaderos héroes es una novela de viaje entonces en la que el viajero no se traslada a otro mundo por ninguna de las motivaciones típicas, por razones científicas, por turismo, por turismo, por aventura. Tampoco lo hace como colonizador, ni como migrante, en busca de nuevas oportunidades de una mejor forma de vida, o simplemente para sobrevivir. Lo hace como una suerte de destierro voluntario, a un mundo que intuye o sabe no le habrá de deparar ningún bien, a un destino que equivale en buena medida a una inmolación.

Pero la novela se presenta sobre todo como una novela policial, aunque sus protagonistas principales no sean ni policías ni detectives. El asesinato de una bella joven huancavelicana de una familia prominente, despierta el interés que muy pronto se torna obsesión en el recién llegado. Los detalles de la explicación que la policía ha dado del crimen y con la que ha cerrado el caso le parecen inconsistentes e insuficientes. Se echa a realizar por eso, pero sobre todo para matar el tiempo, una indagación propia para dar con los efectivos autores. Las cuatrocientas páginas de la novela se centran en el develamiento del misterio que envuelve a esa muerte violenta, develamiento que al final no llega a ocurrir. La verdad sobre el hecho no emerge. Ella es escamoteada o es diluida por actores de los que se sospecha, pero que no se aclara si en efecto lo están, se encuentran interesados en no sacar a luz lo ocurrido en realidad.

La primera parte de la novela transcurre como una crónica autobiográfica en la que el narrador refiere el proceso de su investigación a la par que cuenta las peripecias de su singular inserción en la vida social de Huancavelica. Dicho personaje se implica en ese proceso de un modo en que convierte a lograr su esclarecimiento en un objeto en que se concentra casi en exclusividad y con un apasionamiento cada vez más intenso. A medida que se va acercando al fondo de las cosas, compromete cada vez más facetas de su persona y su cuerpo, y se introduce en la vida social de Huancavelica. La mujer asesinada ocupa un lugar central en el universo simbólico de la ciudad, por su belleza y por los rasgos especiales que la distinguen. No es una mujer cualquiera. Tiene cualidades que la hacen sobresalir entre todas las demás. Diríase que no cuenta como una. No es una más en una serie. Es algo así como La mujer. La única, que por eso mismo quizás tiene una posición ambigua, que se acentúa sobre todo en la segunda parte de la novela. Al mismo es la mujer que todos los hombres desean y a la que nadie llega a poseer efectivamente, pues ella solo es poseída por uno, aunque algunos han logrado acceder al goce de su cuerpo, un goce, sin embargo, que ella siempre ha gobernado. Lo ha permitido y lo ha interrumpido a su gusto, o según sus propósitos. Antes de casarse había sido la mujer de un joven menor que él, un personaje oscuro, que se mueve sobre todo en los sombríos ambientes de los antros de alcohólicos y en reuniones de amigos cuyo fin principal es la embriaguez hasta las últimas consecuencias. Y se ha casado con un personaje que desata sentimientos de abominación, es un ganadero, cuya fortuna ha sido amasada por medios no siempre lícitos y cuya trayectoria profesional ha sido falsificada. Se trata de una mujer de valor, inteligente, políticamente correcta, activa en luchas reivindicativas, que se enlaza con hombres con los cuales no se corresponde o no se complementa, pero que la alejan de los otros hombres. Daría la impresión mejor que es la mujer de uno, por decisión propia, respecto de todos los demás que forman conjunto porque no puede ser la suya. Esa es una mujer insoportable, como una mujer real y como una mujer capaz de legislar, de hacer las reglas.

Quizás por eso el personaje principal a medida que se acerca a la verdad, la cual no llega a conocerse, aunque lo novela sugiere que a lo mejor el narrador de la primera parte, que la habría descubierto habría terminado por callarla y desaparecido con ese secreto, va degradándose, como si este proceso encarnase un descenso a lo atroz. Se hace cada vez más obsesivo, más caótico, más extraño incluso para sí. Se hace cada vez más oscuro, más siniestro, se va convirtiendo en un guiñapo, un fardo alcohólico, que termina abandonado de sí un parque público, sobre una banca, bajo la lluvia, privado de consciencia, casi muerto o muerto. La novela deja en la ambigüedad ese estado final. En todo caso es una primera muerte, a la que no le sigue una segunda muerte, una ratificación de que haya ocurrido. De ese modo, la novela termina entre dos finales, en suspenso.

La verdad única que no se revela en la primera parte, en la segunda es repartida entre los discursos de los distintos personajes que han tenido alguna relación con el narrador investigador de la primera. Es la verdad sobre ellos mismos, sobre la vida social de Huancavelica. Esta parte no toma la forma de una narración novelesca, sino de una serie de testimonios, tomados por Percy, amigo del narrador y con quien mantiene correspondencia. Este en su afán de esclarecer la misteriosa desaparición de su amigo, luego de la formidable borrachera que lo saco de circulación, recopila los papeles que ha dejado, las notas escritas en su computadora, entrevista a los personajes con los que ha tomado contacto y a los cuales ha interrogado el narrador para dilucidar quién ha asesinado a Adelguisa Ñahui y cuáles han sido sus motivaciones. De esa recopilación se forman los testimonios de la segunda. No es posible ahora dar cuenta de todas las tramas que se desarrollan, pero tres llaman la atención. En esos testimonios se delinea la configuración decadente que para las personas de Huancavelica, las más ilustradas, las más cultas, aunque mediocres, ha tomado el narrador investigador. Esa es una configuración que contrasta con la se presenta en la primera parte. En ella es un personaje que afectado por el desconcierto de la crisis que lo ha obligado a salir de Lima, por una vocación por acercarse a lo sórdido, a lo marginal, es al mismo tiempo un hombre con voluntad de cambio, con profundos gustos literarios, amante de música exquisita, un hombre fino, con amplios conocimientos humanísticos y de derecho en particular, en la segunda parte aparece como un ser raro, inexplicable, que aun cuando reúne cualidades que lo distinguen como un letrado de alto nivel, es un sujeto que se hunde en la podredumbre, que se regocija en la mugre. Este es un punto que en el futuro debería ser más trabajado. El segundo punto, es que en la segunda parte aparece con más claridad que en la primera el componente político. Es un asunto complicado, que en una reseña como esta no se puede sino destacar algunos aspectos. En lo político se presenta una polarización entre dos tendencias igualmente desintegradoras. Las acciones políticas de Sendero Luminoso, que marcan con su presencia aterradora el pasado reciente de la ciudad, y la corrupción del Estado, que se muestra a través de distintos signos y enunciados en la actuación de los funcionarios, de las fuerzas del orden, del poder judicial, de los propietarios. La vida social de Huancavelica se halla atravesada y definida por esas dos tendencias. Respecto de Sendero Luminoso los recuerdos son horribles, por el ambiente de pánico, de miedo que se instaló en la ciudad, no sólo por acción de los terroristas, sino por las operaciones represivas de las Fuerzas Armadas. Pero, destaca el hecho de que los personajes que pasaban de la adolescencia a la juventud durante ese periodo no se vieron ni implicados ni afectados por esos sucesos. Eran los jóvenes huancavelicanos de clase media, que rodeaban a Aguedisa, la mujer en torno a cuyo asesinato gira la novela, y con la cual mantenían un compañerismo bohemio, y para los cuales más importante en esa época fueron los aprendizajes en las lides del amor, en la experiencia con el alcohol, sobre todo, la iniciación sexual y la experiencia con la música rock de los años ochenta, que revela una distancia indiferente con la vida política en general, que incluye las acciones de Sendero, que hacían incierto el destino presente y futuro. Y revela también un divorcio con la cultura propia, lo cual paradójicamente se relaciona con valores opuestos a la que era como una musa. Por último, la verdad sobre las razones de un crimen no se concentra en las acciones punitivas de un personaje o un grupo de personajes, termina extendiéndose en toda la sociedad y responde a una situación que no es posible asumir: el rol ejemplar que una mujer inalcanzable puede cumplir en una comunidad de hombres cuyas vidas son anodinas y mediocres, y que evaden enfrentar esa verdad.


Esta es una novela llena de paradojas, que hay que leer como parte de la construcción del imaginario de las últimas décadas en esta parte del mundo.